Las guardianas de la tierra: mujeres indígenas y campesinas que resisten en primera línea por el planeta
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Cuando Máxima Acuña se negó a abandonar su parcela en la sierra norte de Perú para que la empresa minera Yanacocha —participada por Newmont, una de las mayores mineras del mundo— pudiera expandir sus operaciones, no tenía ejércitos ni abogados a su lado. Tenía la tierra bajo los pies, el conocimiento de sus ancestros y una determinación que ninguna intimidación logró doblar. En 2016, el Goldman Environmental Prize —conocido popularmente como el Nobel verde— reconoció su resistencia ante el mundo entero.
La historia de Máxima no es una excepción. Es, más bien, un símbolo de un fenómeno extendido y sistemáticamente ignorado: las mujeres, en especial las mujeres indígenas y rurales, son con frecuencia las primeras en defender el territorio y las últimas en recibir reconocimiento por hacerlo.
Por qué las mujeres están en primera línea
No es casualidad. La relación entre las mujeres y el medioambiente tiene raíces profundas en la división histórica de roles dentro de las comunidades rurales e indígenas. Son ellas quienes, en su mayoría, gestionan el agua para el hogar, recolectan plantas medicinales, cultivan los huertos familiares y transmiten el conocimiento ecológico a las generaciones siguientes. Cuando un río se contamina, cuando un bosque desaparece o cuando una mina se instala sobre un acuífero, las consecuencias recaen de forma desproporcionada sobre sus cuerpos, su trabajo y su tiempo.
Esta vulnerabilidad diferencial tiene un nombre: interseccionalidad ambiental. La crisis climática no afecta a todas las personas por igual. Afecta más a quienes ya sufren otras formas de desigualdad: pobreza, racismo, exclusión de los espacios de decisión política. Las mujeres indígenas y campesinas acumulan varias de estas desventajas a la vez. Y, paradójicamente, esa misma posición las convierte en defensoras con un conocimiento del territorio que ningún consultor externo puede replicar.
Voces que el sistema trata de silenciar
Berta Cáceres, la lideresa lenca hondureña que encabezó la oposición al proyecto hidroeléctrico Agua Zarca sobre el río Gualcarque, fue asesinada en 2016 después de años de amenazas. Su caso sacudió la conciencia internacional, pero no fue el primero ni, lamentablemente, el último. Según el informe anual de Global Witness, América Latina concentra el mayor número de asesinatos de defensores ambientales del mundo, y las mujeres representan una parte creciente de las víctimas.
En México, las mujeres zapotecas de la región del Istmo de Tehuantepec han liderado la oposición a parques eólicos instalados sin consulta previa en sus territorios ancestrales. En Bolivia, mujeres de las comunidades TIPNIS (Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure) marcharon durante semanas hasta La Paz para exigir que se respetara su derecho a decidir sobre su propio territorio. En Colombia, lideresas afrodescendientes del Pacífico enfrentan amenazas constantes por oponerse a la deforestación y al narcotráfico que avanza sobre sus bosques.
Lo que une a todas estas mujeres no es solo la valentía. Es también una visión del mundo que entiende el territorio no como un recurso explotable, sino como un tejido vivo del que forman parte.
El ecofeminismo como marco político
El ecofeminismo —la corriente de pensamiento que analiza los vínculos entre la dominación de la naturaleza y la dominación de las mujeres— ofrece herramientas conceptuales valiosas para entender por qué estas luchas están tan conectadas. No se trata de romantizar la relación de las mujeres con la naturaleza ni de reproducir estereotipos esencialistas. Se trata de reconocer que los sistemas que explotan los ecosistemas son los mismos que históricamente han subordinado a las mujeres: el patriarcado, el colonialismo y el capitalismo extractivista operan bajo lógicas similares de apropiación y control.
Desde esta perspectiva, defender el río es también defender el cuerpo. Defender el bosque es también defender la autonomía. Y construir alternativas al extractivismo requiere necesariamente incluir las voces y los saberes de quienes han sido excluidas de los centros de poder.
Iniciativas que merecen visibilidad y apoyo
Existen organizaciones que trabajan específicamente para fortalecer el liderazgo de las mujeres en la defensa ambiental y que merecen ser conocidas y apoyadas:
- COICA (Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica) incluye programas específicos de fortalecimiento de liderazgos femeninos indígenas.
- Fondo Mujeres del Sur financia iniciativas feministas en América Latina con enfoque en derechos territoriales y ambientales.
- Mesoamerican Initiative of Women Human Rights Defenders (IM-Defensoras) ofrece protección y acompañamiento a lideresas amenazadas en Centroamérica y México.
- Acción Ecológica en Ecuador ha integrado de forma explícita el enfoque de género en su trabajo de defensa ambiental comunitaria.
Lo que cada persona puede hacer
Apoyar estas luchas no requiere estar en el territorio. Requiere, en primer lugar, visibilizarlas: compartir sus historias, amplificar sus voces en las redes, exigir a los medios de comunicación que las cubran con la profundidad que merecen.
Requiere también presionar a los gobiernos —incluidos los europeos, que financian proyectos de desarrollo en América Latina— para que los mecanismos de consulta previa sean reales, no formales; para que las defensoras tengan protección legal efectiva; y para que ningún tratado comercial se firme sin garantías vinculantes de respeto a los derechos de las comunidades.
Y requiere, sobre todo, escuchar. Escuchar a Máxima, a Berta —cuya voz sigue viva en el movimiento que lleva su nombre—, a las miles de mujeres que cada día, sin cámaras ni premios, cuidan la tierra que nos sostiene a todas y a todos.
En Salvaguardemos estamos convencidos de que no hay justicia ambiental sin justicia de género. Salvaguardar el planeta significa también salvaguardar a quienes lo defienden.