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La aritmética de la destrucción: cuánto debe el Norte por cada tonelada de carbono que enterró en la atmósfera

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La aritmética de la destrucción: cuánto debe el Norte por cada tonelada de carbono que enterró en la atmósfera

Hay una pregunta que los negociadores climáticos del Norte prefieren no responder con números: ¿cuánto carbono ha emitido su país desde que comenzó a quemar carbón a escala industrial, y cuánto le ha costado eso al resto del mundo? La incomodidad no es accidental. Cuando esa pregunta recibe una respuesta cuantificada, lo que emerge no es una abstracción moral sino una cifra concreta, un pasivo histórico que convierte la crisis climática en una cuestión de deuda impagada.

En Salvaguardemos hemos revisado las principales metodologías disponibles para calcular esa deuda ecológica, los obstáculos políticos que enfrentan, y los casos en que naciones de América Latina y el Sur Global han comenzado a utilizarlas como palanca de presión real.

Qué se entiende por deuda ecológica y por qué importa la historia

El concepto de deuda ecológica no es nuevo. La economista chilena Aurora Donoso y el investigador catalán Joan Martínez Alier lo desarrollaron sistemáticamente desde los años noventa, argumentando que el Norte ha consumido una proporción desproporcionada del presupuesto global de carbono —el espacio atmosférico disponible para absorber emisiones sin desestabilizar el clima— sin pagar por ello.

La lógica es directa: la atmósfera es un bien común global con capacidad de absorción finita. Si un grupo de países la satura durante dos siglos para financiar su industrialización, y esa saturación provoca sequías, inundaciones y pérdida de cosechas en países que apenas contribuyeron al problema, existe una transferencia de costos no compensada. Eso es, en términos económicos, una deuda.

Lo que distingue a las metodologías actuales de los debates políticos vagos es precisamente la capacidad de traducir esa lógica en cifras auditables.

Los tres marcos de cálculo más utilizados

1. Emisiones históricas acumuladas con fecha de corte

El método más extendido consiste en sumar las emisiones de CO₂ equivalente de cada país desde 1850 —año que sirve como referencia de la industrialización masiva— hasta el presente, y calcular qué porcentaje del presupuesto global de carbono ha consumido cada nación. El Climate Accountability Institute de Estados Unidos y el grupo de investigación Carbon Brief han publicado versiones de este cálculo que resultan reveladoras: Estados Unidos es responsable de aproximadamente el 20% de las emisiones históricas acumuladas; la Unión Europea, de otro 22%. América Latina en su conjunto representa menos del 8%.

A partir de esa proporción, es posible estimar cuánto espacio atmosférico ha sido «apropiado» por encima de lo que correspondería a cada país según su población histórica. Esa apropiación excedente, valorada al costo social del carbono —una cifra que organismos como el Banco Mundial y la Agencia de Protección Ambiental de EE.UU. estiman entre 51 y 185 dólares por tonelada—, arroja valores que oscilan entre los billones y decenas de billones de dólares.

2. Consumo de recursos y flujos metabólicos

Un segundo enfoque amplía la mirada más allá del carbono para incluir la extracción neta de recursos materiales: minerales, biomasa, agua virtual y suelo fértil exportados desde el Sur hacia el Norte a precios que no reflejan sus costos ecológicos reales. El economista Jason Hickel ha calculado que, entre 1990 y 2015, el Sur Global transfirió al Norte recursos por valor de aproximadamente 242 billones de dólares en términos de precios justos. Una parte significativa de esa transferencia tiene consecuencia directa en emisiones y degradación ambiental que quedan contabilizadas en los países exportadores, no en los consumidores finales.

Este enfoque es especialmente relevante para América Latina, donde la extracción de litio, cobre, soja y petróleo genera emisiones territoriales que los índices convencionales atribuyen a la región, aunque la demanda provenga del Norte.

3. Costos de adaptación y pérdidas atribuibles

El tercer marco es quizás el más políticamente potente porque conecta emisiones históricas con daños concretos y verificables. Utilizando modelos de atribución climática —una disciplina científica que ha madurado considerablemente en la última década—, es posible estimar qué fracción de un evento extremo concreto (una sequía en el Corredor Seco centroamericano, una inundación en el Chaco boliviano, la desaparición de un glaciar andino) es atribuible a las emisiones históricas de países específicos.

El mecanismo de Pérdidas y Daños, formalmente reconocido en la COP27 de Sharm el-Sheij en 2022, se apoya precisamente en esta lógica. Sin embargo, el fondo creado entonces sigue sin capitalizarse adecuadamente, y los países industrializados han resistido cualquier lenguaje que lo vincule explícitamente a responsabilidad histórica o compensación obligatoria.

Casos latinoamericanos donde la exigencia tomó forma

Varios gobiernos de la región han comenzado a operacionalizar estos marcos, con distintos grados de éxito.

Ecuador incluyó en su Constitución de 2008 el reconocimiento de los derechos de la naturaleza y, desde entonces, ha argumentado en foros internacionales que la deuda ecológica del Norte debe traducirse en financiamiento climático sin condicionalidades. La propuesta de la Iniciativa Yasuní-ITT —dejar el petróleo bajo tierra a cambio de compensación internacional— fue precisamente un intento de monetizar esa deuda, que fracasó en parte por la negativa de los países donantes a comprometerse con sumas significativas.

Colombia, a través de su Ministerio de Ambiente, ha comenzado a incorporar metodologías de emisiones históricas en sus posiciones negociadoras ante la UNFCCC, argumentando que el financiamiento climático no puede tratarse como ayuda voluntaria sino como restitución de un pasivo acumulado.

Vanuatu —aunque fuera de América Latina, su caso es referencia obligada— logró impulsar en la Asamblea General de la ONU una resolución para solicitar una opinión consultiva a la Corte Internacional de Justicia sobre las obligaciones de los Estados en materia climática. Esa opinión, solicitada en 2023, podría sentar precedente para que las metodologías de atribución histórica adquieran peso jurídico vinculante.

Los obstáculos políticos que bloquean el reconocimiento

Ninguno de estos marcos opera en el vacío. Los países industrializados han resistido sistemáticamente cualquier formulación que convierta la deuda ecológica en obligación legal. Sus argumentos recurrentes son tres: la dificultad de atribuir daños específicos a emisores específicos, la ausencia de intencionalidad en las emisiones pasadas, y el riesgo de que el reconocimiento de responsabilidad histórica paralice la acción climática presente al generar litigios interminables.

Sin embargo, la ciencia de atribución climática ha erosionado el primer argumento. El segundo no tiene equivalente en otras formas de responsabilidad civil: nadie exige intencionalidad para reconocer daños ambientales en el derecho interno. Y el tercero es, en rigor, un argumento de conveniencia política disfrazado de preocupación jurídica.

Una deuda que se puede calcular, y por eso resulta peligrosa

Lo que hace incómodo el debate sobre la deuda ecológica no es su imprecisión, sino su precisión creciente. Cada avance en la ciencia del clima, cada mejora en los modelos de atribución, cada nuevo estudio sobre transferencias de recursos reduce el margen para la evasión. Los números existen. Las metodologías están publicadas en revistas arbitradas. Los casos jurídicos están en marcha.

Lo que falta no es evidencia, sino voluntad política en el Norte y capacidad de presión organizada en el Sur. Ambas cosas pueden construirse. Y la construcción empieza por nombrar con claridad lo que los eufemismos climáticos prefieren silenciar: que hay quienes deben, y hay quienes merecen cobrar.

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